Crumble, tatin, brownie… en versión salada: cinco dulces clásicos que también te resuelven la cena
Hay recetas que creemos conocer de memoria, pero solo porque las hemos visto siempre en el mismo contexto. El crumble es “de manzana”, la tatin “de manzana”, el bizcocho “para merendar”, las crêpes “con azúcar” y el brownie “con chocolate, por supuesto”. Y, sin embargo, casi todas esas preparaciones esconden algo más interesante que su relleno: una estructura que funciona. Una base, una masa, una cobertura, un golpe de horno, una textura buscada. Cuando cambias el contenido y mantienes la lógica el resultado no es una ocurrencia: es otra receta distinta, igual de coherente, con el placer añadido de sorprender utilizando una técnica que se sabe que funciona.
Esta es la idea: cinco clásicos de vitrina dulce, leídos en clave salada, para descubrir que lo de siempre también puede ser nuevo si aplicamos una pizca de creatividad.
Crumble
El crumble suele entrar en la cabeza por la puerta del postre: una base de fruta caliente, normalmente manzana, una capa de migas doradas y ese contraste entre jugoso y crujiente que lo hacen un postres muy apetecible. Pero, si lo piensas, lo que funciona aquí no es la manzana ni el azúcar, sino la lógica de la cobertura: una mezcla seca que, al horno, se tuesta y protege un relleno tierno. En versión salada, ese “manto arenoso” puede llevar queso, frutos secos o hierbas, y debajo pueden estar unas verduras bien cocinadas: pisto, calabaza, setas, etc. El resultado no imita al postre: simplemente usa la misma estructura para construir una cena redonda.
VERSIÓN DULCE
VERSIÓN SALADA
Tatin
La tatin se hizo famosa por su reverso: lo que se cocina abajo, se sirve arriba, y esa inversión convierte el horno en una fábrica de brillo, caramelización y bordes irresistibles. La versión más icónica de este bocado dulce se hace con manzana; ahora bien, con verduras ocurre algo parecido: la cebolla, el tomate o la berenjena agradecen el contacto directo con el calor y, si les das su tiempo, pasan de “acompañamiento” a protagonista. La versión salada no viene a sustituir al postre. Si no a ampliar la gama de recetas que funcionan en el día a día.
VERSIÓN DULCE
VERSIÓN SALADA
Bizcocho (cake / plumcake)
Al plumcake o al bizcocho lo asociamos al desayuno , a la sobremesa o a la merienda, pero en realidad es uno de los formatos más agradecidos para lo salado: mezcla rápida, molde alargado y un resultado que se corta en rebanadas como si hubiera nacido para el aperitivo. Cuando cambias el azúcar por queso, hierbas, verduras o incluso algo de embutido, el bizcocho deja de ser “dulce” y se convierte en un pan rápido con miga húmeda y sabor concentrado. Al igual que ocurre con el bizcocho dulce, en el que la base se deja matizar por otros ingredientes (bizcocho de limón, de leche condensada o de chocolate); en el apartado salado ocurre similar. Lo importante es entender cómo se comportan los ingredientes que añadimos. Si son muy jugosos (como calabacín o tomate) piden escurrir o cocinar antes, y los quesos curados dan estructura y un fondo que se mantiene incluso al día siguiente. Es el tipo de receta que se hace con poca cosa pero resuelven almuerzos y cenas con lo que tenemos a mano.
VERSIÓN DULCE
VERSIÓN SALADA
Brownie
El brownie, especialmente el de chocolate, goza de buena fama en el universo dulce. Su éxito no depende solo del chocolate: depende de una textura muy concreta, a medio camino entre tarta y bizcocho, con exterior firme y centro más húmedo. Esa idea se puede trasladar a lo salado si cambias el enfoque: buscas una masa densa, con grasa y sabor profundo, que se corte en cuadrados y funcione como bocado. En vez de cacao, entran ingredientes con umami: quesos, setas, aceituna, incluso verduras asadas o cremas de verduras bien concentradas. No es un brownie que se hace pasar por postre: es un formato de barra densa y adictiva, perfecto para picoteo.
VERSIÓN DULCE
VERSIÓN SALADA
Crêpes
Las crêpes parecen territorio dulce por costumbre, no por naturaleza. La masa básica es neutra: harina, huevo, leche y una sartén que haga bien su trabajo. Pero solemos acompañarlo de condimentos dulces: nutella, mermelada, azúcar, miel o canela. Pero al ser la masa de sabor neutro, en cuanto cambias el relleno, la crêpe se transforma en un plato salado que suele gustar a grandes y pequeños. Nosotros hicimos una versión de bechamel, queso y jamón cocido aunque bien acepta otros rellenos: queso, verduras salteadas, ternera picada, setas, pollo… lo que más te apetezca. La clave está en tratarlas como un lienzo fino y adaptar el relleno según el cometido.
VERSIÓN DULCE
VERSIÓN SALADA
El lado más canalla de los postres más famososo
Al final, estas versiones funcionan cuando se entiende qué hace fuerte a cada receta: el crumble necesita contraste y tostado; la tatin, tiempo y una capa que se caramelice; el cake, equilibrio entre sabor y humedad; el “brownie” salado, densidad y umami; las crêpes, un relleno con intención. No se trata de disfrazar un postre, sino de aprovechar una plantilla fiable y llenarla con ingredientes que tengan sentido. Y cuando eso ocurre, el efecto es doble: cocinas con más libertad y, de paso, conviertes la cena en algo que nadie veía venir.
Patricia González









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