Ricotta, el queso que arregla la comida con lo que hay en la nevera. 14 recetas e ideas para usarla
No te va a extrañar esta imagen: abres la nevera y escudriñas de arriba abajo lo que hay dentro. Hay un envase a medio usar, una bolsa de espinacas, un par de huevos… No tienes muy claro qué hacer con eso, pero algo hay que hacer: comer hay que comer. Y, de pronto, asoma un instinto de supervivencia heredado: se cocina con lo que hay. Y punto.
En Italia, muchas comidas empiezan igual. Cuatro buenos ingredientes que, combinados con gracia (y con respeto), saben a gloria. Pero ellos tienen un as en la manga para resolver más de una de esas ecuaciones: la ricotta. Un queso que ordena el plato y le da estructura.
Una ricotta, per favore
Hoy, tú también. Entrarás en el supermercado de tu barrio, el de siempre, el de las decisiones pequeñas. Pasarás por delante de la sección de lácteos y, sin saber por qué, cogerás la ricotta. La meterás en la cesta junto a lo habitual, de ahí a la nevera y, durante unas horas (o incluso días), olvidarás que existe. Hasta que la necesites para redondear un plato.
Un queso italiano que traspasa fronteras
No es raro que la ricotta aparezca en tantos platos de la cocina transalpina y que, de un tiempo a esta parte, haya conquistado otras cocinas. Sin ir más lejos, la nuestra.
Aquí funciona por la misma razón por la que funciona allí: porque su suavidad deja que manden otros sabores. Tomate, anchoa, setas, espinacas, hierbas, pimienta. Tú pones el acento; ella hace el trabajo de fondo.
No es un queso del que debas esperar un sabor rotundo ni una presencia marcada. Es discreta —que no quiere decir pusilánime— y su fuerza radica precisamente en eso. Sirve de base, de relleno, de ingrediente que liga y amalgama. Usarla como un mero untable neutro es relegarla a un papel que le queda pequeño. Lo hace muy bien, sí, pero está hecha para algo más que “acompañar”.
Instrucciones no escritas
Antes de mezclarla con nada, conviene entenderla: si suelta suero, no es un defecto. Escúrrela diez minutos en un colador (o sobre un paño limpio). Gana cuerpo, pierde ese brillo acuoso que puede llegar a arruinar salsas y rellenos.
Luego sazona, como harías con una bechamel o con un puré: sal, pimienta y un contraste pequeño de ralladura de limón, nuez moscada, hierbas.... Con eso ya tienes la ricotta en su sitio: lista para sostener, ligar, redondear.
Por último elige qué papel va a desempeñar en tu plato: en tostadas, como crema; en pasta, como salsa rápida; al horno, como relleno que cuaja y gana firmeza...
Si necesitas ideas, aquí tienes 14 recetas saladas con ricotta para empezar sin tener que tomar demasiadas decisiones:
Platos con ricotta
Regreso al presente
Como habrás comprobado, la ricotta no es un ingrediente “italiano” que adoptes para jugar a ser una nonna italiana. Es un recurso sensato que encaja con tu forma real de cocinar.
Y al final ocurre justo eso que buscabas: algo rico con los cuatro ingredientes que tenías en el frigorífico, que de pronto encajan cuando los sostienes con este queso. Cierras la nevera. Es hora de comer.
Patricia González













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