El método sencillo para pelar el jengibre sin desperdiciar nada y alargarle la vida
El jengibre tiene un problema curioso: lo compras con intención de “darle más alegría” a tus platos y, dos semanas después, lo encuentras en el cajón de la verdura medio seco, arrugado o con un borde sospechoso. Y cuando por fin lo vas a usar, aparece la segunda trampa: esa piel fina pero puñetera, encajada entre nudos, curvas y recovecos.
La solución no pasa por comprar utensilios específicos. Con una cucharilla de café y un par de trucos de conservación, el jengibre deja de ser ese ingrediente que da pereza.
¿Hay que pelarlo siempre?
No necesariamente. En jengibres jóvenes, de piel fina y limpia, basta con lavarlo bien y ya está, sobre todo si lo vas a rallar, usar en caldos o en infusiones. Otra cosa es un jengibre más maduro, con piel más correosa o con tierra incrustada: ahí sí compensa retirarla por textura y por higiene.
Una pista rápida: si al rascar suavemente la piel cede con facilidad, probablemente no te merece la pena perder tiempo pelándolo.
El método de la cucharilla: el que usan los cocineros profesionales
Para un jengibre irregular, la cucharilla funciona mejor que el pelador por una razón simple: no “corta”, despega.
Hazlo así:
- Lava el jengibre y sécalo.
- Sujétalo firme con una mano.
- Con el borde de una cucharilla, ve raspando la piel con pasadas cortas.
- En los nudos, gira la pieza y repite: la cuchara se mete donde el pelador suele patinar.
Además, este gesto te permite quitar solo lo justo, sin llevarte media raíz por delante, y con menos riesgo de resbalones.
Cuándo puede costar más: si el jengibre está muy reseco y arrugado. En ese caso, a veces conviene recortar primero las puntas o las zonas endurecidas y trabajar el resto con la cuchara.¿Cómo cortarlo según el uso?
La cuestión de cómo cortar el jengibre es importante porque no es lo mismo usarlo para un wok que para un bizcocho o una infusión.
Una vez limpio, el corte cambia mucho el resultado:
- Láminas finas: para salteados, currys, caldos y fondos; perfuma sin imponerse.
- Bastoncitos: si quieres notar el bocado, por ejemplo en un wok.
- Rallado: para adobos, salsas, sofritos o repostería.
Y un detalle muy práctico: si lo tienes congelado, puedes rallarlo tal cual, sin esperar a que se descongele. Se maneja mejor y no se “aplasta” en la tabla.
Cómo conservar el jengibre para que te dure
En nevera (si lo usas a menudo)
Guárdalo sin pelar, bien seco, envuelto en papel de cocina y dentro de una bolsa tipo zip o un recipiente. Aquí manda la humedad: si “suda”, aparece el moho; si se reseca, se vuelve fibroso. Cambia el papel si se humedece y procura que quede bien ajustado, sin bolsas de aire. Si usas bolsa, deja una mínima salida de aire (o una perforada) para evitar condensación. Y no lo peles hasta el final: pelado se seca antes y coge olores; para infusiones o caldos, lavado y con piel, aguanta mejor.
En congelador (si sueles olvidarlo)
Es lo más cómodo y lo que menos desperdicio da. Congélalo entero o en trozos, mejor aún en porciones de uso (rodajas para caldos, dados para guisos y un trozo para rallar). Truco: congélalo primero extendido en una bandeja y luego pásalo a bolsa, así no se hace un bloque. No hace falta descongelar: se ralla muy bien y suelta menos jugo; si vas a picarlo, déjalo 2–3 minutos fuera y córtalo aún firme.
En tarro (opcional)
guarda rodajas peladas cubiertas con jerez seco (u otro alcohol suave). Te queda listo y el líquido, ya perfumado, sirve para desglasar, animar un salteado o aromatizar un caldo. Usa un tarro impecable y mantén el jengibre totalmente sumergido para que no se oxide. Mejor rodajas no demasiado finas, aguantan más. Si lo quieres sin alcohol, puedes hacerlo con jarabe ligero o vinagre suave, pero ya se acerca más a un encurtido.
¿Y ahora qué cocino con él?
Patricia González



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