7 dulces franceses que deberías probar al menos una vez en la vida y sus recetas más clásicas
Quesos, salsas, guisos, panes… Francia se ha ganado a pulso su fama culinaria, pero si hay un terreno donde juega con ventaja es en la repostería. No solo por la mantequilla (que también), sino por esa obsesión por las texturas: lo que se funde, lo que se rompe, lo que tiembla, lo que se estira. Y lo mejor es que muchos de sus postres más míticos no están reservados a vitrinas imposibles: con una buena receta, también se pueden reproducir en casa.
Si te apetece darte un capricho en serio —de los que empiezan con “solo voy a probar un trocito”—, aquí tienes una selección de siete dulces franceses imprescindibles. Tradicionales, populares y con ese punto elegante que hace que cualquier sobremesa parezca una ocasión especial. Y como la teoría sin práctica sabe a poco, en cada uno te dejamos su enlace de receta para que puedas ponerte manos a la masa cuando te apetezca.
Éclairs (relámpagos)
Los éclairs son esos pastelitos alargados que ves en pastelerías francesas y piensas: “esto tiene que estar buenísimo”. Y lo está. La base es una masa ligera que se rellena de crema (vainilla, chocolate, café…) y se remata con un glaseado brillante. Lo mejor es que, aunque tengan pinta de alta pastelería, en casa también se pueden hacer con muy buen resultado. Además, son perfectos para servir en merienda o para quedar de maravilla en una mesa de postres.
Macarons
Pequeños, coloridos y con fama de delicados: los macarons son un icono contemporáneo de la repostería francesa. Dos conchas de merengue de almendra que encierran un relleno cremoso, normalmente ganache o crema de mantequilla, y que combinan dulzor con un punto elegante. Los hay de mil sabores (pistacho, frambuesa, chocolate, limón…) y, cuando están bien hechos, son adictivos. No hace falta que te queden “de escaparate” para disfrutarlos: lo importante es el contraste entre la parte exterior y el interior tierno.
Paris-Brest
Si te gustan los postres con crema, el Paris-Brest es tu sitio. Tiene forma de corona y se prepara con una masa ligera similar a la de los profiteroles, pero lo que lo hace memorable es el relleno: normalmente una crema praliné con sabor a avellana que lo vuelve profundamente goloso. Es un postre de los que entran con una sonrisa y salen con otra. Y aunque suene sofisticado, en realidad es un triunfo asegurado para celebraciones: bonito, contundente y con sabor a “hoy toca fiesta”.
Mille-feuille (milhojas)
El milhojas es un clásico que nunca falla: capas de hojaldre con crema entre medias y ese aspecto de “esto va a desmoronarse y va a merecer la pena”. Porque sí: comer un buen milhojas tiene algo de caos controlado. En Francia suele rematarse con glaseado y un acabado muy reconocible, pero la idea es la misma: hojaldre bien hecho + crema suave + contraste de texturas. Si quieres un postre de pastelería tradicional, este es de los que conviene probar al menos una vez.
Madeleines
Las madeleines son pequeñas, sencillas y peligrosamente fáciles de comer. Bizcochitos tiernos, con aroma a mantequilla y, a menudo, un toque de limón o vainilla. Tienen esa forma de concha tan francesa y una textura que pide café, té o una tarde tranquila. Son el típico dulce que no parece gran cosa… hasta que te das cuenta de que han desaparecido del plato. Además, son perfectas para tener en casa porque aguantan bien y quedan bonitas sin esfuerzo.
Crème brûlée
Pocos postres tienen un momento tan satisfactorio como este: el golpe de cucharilla que rompe la capa de azúcar y abre paso a una crema suave, perfumada y casi sedosa. La crème brûlée es puro contraste: cruje arriba (en serio, aquí la palabra sí tiene sentido) y debajo es una caricia. Vainilla es la versión más clásica, pero admite guiños: un toque cítrico, café, incluso algo de licor si te apetece. Ideal para cuando quieres un postre elegante sin meterte en grandes complicaciones.
Tarte Tatin
La Tatin es el tipo de tarta que no necesita presentación… pero se la gana igualmente. Manzana, caramelo y una base que, al darle la vuelta, queda arriba como si siempre hubiera sido así. Es dulce, sí, pero con ese toque tostado del caramelo que lo equilibra todo y la convierte en un postre “para adultos” (aunque luego la devoren los niños). Se sirve templada, a menudo con nata o helado, y tiene algo de magia doméstica: parece más complicada de lo que realmente es, y eso siempre juega a tu favor.
Con ganas de más
La repostería francesa da para seguir hablando largo y tendido. Porque cuando crees que ya lo has probado todo, aparece otro clásico que te devuelve a ese placer tan francés: el de una sobremesa sin prisa. Se nos han quedado fuera (por ahora) dulces que merecen un hueco en cualquier lista de “imprescindibles”: un clafoutis todavía templado, los canelés de Burdeos con su corteza tostada y el corazón tierno, el Saint-Honoré que convierte cualquier día en celebración, los financiers ideales para acompañar un café, el coulant de chocolate que se rompe y fluye como un pequeño espectáculo, o los crêpes —simples y perfectos— cuando solo apetece algo bueno, sin complicaciones.
Patricia González






Comentarios
Charo1965
Me encantan los postres y estos franceses parecen deliciosos. Lástima que ahora me hayan encontrado intolerancia a gluten y lactosa. Un desafío para vosotros: Recetas para los dobles intolerantes