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Ensalada de atún con crutones de camote y pan

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Qué cosa más común, más rápida y más tontamente sencilla que una ensaladita de buena lechuga, palta y una lata de atún. Un toquecito extra, y la pude convertir en un plato suculento. ¿Cómo? Fácil, complementándola con crutones de camote y de pan. Dirá usted:   Crutones de pan, lo entiendo don Lucho. ¿Pero a quién se le ha ocurrido hablar de crutones de camote? No recuerdo bien dónde leí sobre ellos, pero que existen, existen y yo me los comí hoy con gran entusiasmo. Los crutones -ahora lo recuerdo- los descubrí hace meses leyendo el estupendo blog de Tara Parker-Pope, del New York Times,Pero vayamos por partes y cucharadasUna ensalada como dios manda, exige buenos ingredientes. Me explico: si va a hacer torrejitas o pastel de atún no tiene que ir por el mejor atún que su plata pueda comprar. Total, se va a deshacer y se va a combinar con otros ingredientes, pero en una ensalada no hay nada que lo esconda, y por eso usé un buen atún. Por suerte, en el Perú el buen atún no es descomunalmente más caro que el malo, y hay atún bueno. Digamos que no tan bueno como esos atunes italianos que vienen en frasco de vidrio y son lo más parecido al atún perfecto que conozco, pero por ahí van. Lo que usé, para dos personas, fue una lata de atún conservado en agua.

Lo mismo pasa con la palta. Si va a hacer guacamole, no importa mucho que esté exactamente en su punto de maduración, ni un día más ni un día menos. Pero para la ensalada, donde se va a ver y se va a probar sola solita, use sólo paltas que estén justo en su punto. Si se pasan, se le desharán. Si están crudonas, ofrecerán una resistencia indeseable a la mordida. Esta vez usé media palta para los dos. El resto para la noche… Eso sí, amigos mexicanos, en materia de aguacates estamos por lo menos iguales. El resto del mundo, que sufra.

Idem con la lechuga. Personalmente prefiero las hidropónicas, que me duran horrores en la refri. Al final me salen más baratas que las normales, que siempre terminan malográndoseme.

Ahora viene lo nuevo (o nuevo para mi, en mi infinita ignorancia): los crutones de camote.  Le voy a decir por qué los hago. A mí como a cualquier peruano, me gusta a rabiar el camote frito, pero no lo hago más. El bandido chupa grasa que es un contento, y ya no estoy para llenar de grasa mi panza y  mi cintura. Poniéndome a pensar: ¿Qué es lo que me gusta del camote frito? No es la grasa per se. Es el contraste entre la cáscara tostada y el interior untuoso. Es la sensación de que se disuelve en la boca.

Imaginé, entonces, que eso lo podría lograr de otra manera, y no me fue mal.  Lo que hice fue cortar un camote en cubitos y ponerlo a cocinar en agua. Cuando estuvo casi listo, lo saqué y lo escurrí bien. ¿Cómo supe que estaba casi listo? Gracias a uno de mis más fieles y sofisticados implementos de cocina. Una brocheta. Una simple brocheta de palo de las que cuestan centavos es lo que uso para saber si las cosas están en su punto. La brocheta, claro, y mi pulso. Según la resistencia que opongan las verduras, las carnes o los pescados, se si ya están o les falta. En este caso, pinché los camotes hasta sentir sólo mínima resistencia. Para mayor exactitud, acudí al último, infalible instrumento de mi repertorio: los dientes. Llevado a la boca, uno tiene que saber si el camote está en su punto, y a éste le faltaba un poquito.

Con los camotes en cubitos bien secos y apenas sazonados con sal, lo único que hice fue ponerlos en un sartén de teflón bien caliente donde los salteé sin cesar y sin bajar el fuego. Así pasó lo que se ve en la foto: se formó por fuera una película más dura que ocasionalmente se requemó un poquitín.

Los crutones de pan los hice distinto. Tomé unas tres rebanadas de pan integral que tenía por allí, las pinté con una moderada cantidad de aceite de oliva y las sometí al mismo tratamiento que los camotes.

Eso fue todo, lo demás fue ensamblar el plato. La ensalada, que por sí misma se me hubiera quedado en el diente, se convirtió en un almuerzo completo. ¿Cuánto me demoré? Casi nada. Le explico, los días con mucho trabajo, paso una hora frente a la computadora y me tomo un recreo de diez minutos. En uno de esos recreos, corté los camotes, en otro recreo los cocí en agua. Hechos cubitos, se cocinan al toque. Y  el almuerzo mismo lo preparé a dos sartenes. Entre removida y removida de sartén, me di tiempo de separar las hojas de la lechuga, abrir la lata del atún, pelar la palta y colocar todo en el plato, mientras ambos crutones llegaban a su punto. Al final,sazoné con sal y unas gotas de verdísimo y riquísimo aceite de palta. Si no tiene o no encuentra, siga con el de oliva y será igualmente feliz.

Nota dietética. Si de algo parecería pecar este plato es de la doble ración de carbohidratos. Pero es un pecado venial. Son más bien dos medias raciones. El camote, es el mejor tubérculo para los diabéticos. El pan era de harina integral y centeno. El aceite era poco y de dos variedades especialmente saludables, palta y oliva. El atún era al agua. Pura proteína, poca grasa.

Posted in Comida saludable, Ensaladas, Entradas-Entrantes, Recetas de fusión u origen desconocido, Recetas de preparación instantánea, Recetas para adelgazar, Recetas para controlar el colesterol, Recetas para diabéticos Tagged: aceite de oliva, aguacate, atún, camote, palta

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