9 recetas de pasta con calabacín: de la salsa cremosa a la lasaña
El calabacín tiene una cualidad especialmente útil cuando lo juntamos con pasta: puede cambiar mucho de registro según cómo lo cocinemos. Salteado conserva algo de firmeza; bien pochado prácticamente se deshace y puede formar parte de una salsa; triturado da lugar a cremas y pestos; y al horno funciona en gratinados y lasañas.
Esa versatilidad explica que dos platos con pasta y calabacín puedan parecerse muy poco entre sí. Podemos combinarlo con limón y tomates cherry, darle más intensidad con tomates secos o speck, utilizar yogur griego para ligar la salsa o llevarlo al horno entre capas de bechamel y mozzarella.
Estas nueve recetas recorren buena parte de esas posibilidades y son especialmente oportunas en septiembr e, cuando todavía encontramos buenos calabacines pero ya empiezan a apetecer también platos algo más calientes.
1. Pasta con calabacín, tomates cherry, queso crema y limón
Aquí el calabacín comparte protagonismo con los tomates cherry y el limón. Los primeros aportan jugosidad y un punto ácido y dulce; el queso crema, tipo Philadelphia, ayuda a ligar la salsa y la ralladura o el zumo de limón introduce un contraste que evita que el conjunto resulte demasiado plano.
Es una combinación especialmente apropiada cuando todavía hace buen tiempo y queremos una pasta cremosa sin recurrir a una salsa muy pesada.
2. Pasta con calabacín y tomates secos
Los tomates secos cambian por completo el perfil del plato. Su sabor es mucho más concentrado que el del tomate fresco y funciona bien frente a la suavidad del calabacín.
No hace falta añadir demasiadas cosas más. Unas hierbas aromáticas, queso rallado o algunos frutos secos pueden completar la pasta sin competir con esos dos ingredientes principales.
Es una buena opción cuando tenemos poco tiempo, pero buscamos algo más sabroso que un simple salteado de verduras.
3. Pasta con calabacín y speck crujiente
El speck, un jamón curado y ligeramente ahumado típico del norte de Italia, aporta aquí la parte más intensa del plato.
Al dorarlo en la sartén, parte de su grasa se funde y los bordes quedan crujientes. Ese sabor más profundo contrasta con el calabacín, bastante más delicado, y permite preparar una salsa con muy pocos elementos.
Un poco de agua de cocción de la pasta puede ayudar a ligar lo que queda en la sartén y distribuir mejor los sabores sin necesidad de añadir nata u otra salsa aparte.
4. Pasta cremosa con calabacín
Esta es probablemente la receta que mejor demuestra lo que puede hacer el calabacín por sí solo.
Cuando se cocina hasta quedar muy tierno, puede aplastarse o triturarse parcialmente y convertirse en la base de una salsa. El agua de cocción de la pasta ayuda después a ajustar la consistencia, mientras que el queso y la pimienta negra terminan de darle sabor.
También es una buena salida cuando tenemos varios calabacines en la nevera y queremos utilizarlos sin añadir una lista larga de ingredientes.
5. Pasta con calabacín y yogur griego
El yogur griego aporta dos cosas que aquí interesan especialmente: una textura espesa y una acidez suave que contrasta con el sabor del calabacín.
Conviene incorporarlo al final de la preparación y evitar que hierva durante mucho tiempo, ya que un calor excesivo puede hacer que pierda su textura uniforme. Un poco del agua de cocción permite aligerarlo y mezclarlo mejor con la pasta.
Es una forma distinta de preparar una salsa cremosa sin que todo dependa de nata o grandes cantidades de queso.
6. Pasta fría con pesto de calabacín, mozzarella y tomates secos
Aquí el calabacín cambia otra vez de función y pasa a formar parte de un pesto, una solución especialmente práctica para una pasta que vayamos a comer fría o a temperatura ambiente.
La mozzarella aporta humedad y suavidad, mientras que los tomates secos introducen un sabor más concentrado. El resultado aguanta bien unas horas de reposo, por lo que puede prepararse con antelación y llevarse en una fiambrera.
En septiembre sigue teniendo mucho sentido para esos días en los que a mediodía todavía hace bastante calor.
7. Tagliatelle con ragú de calabacín
Aquí el término ragú no implica necesariamente carne. Lo importante es la forma de cocinar el calabacín: cortado pequeño y cocinado hasta que pierde parte de su estructura, puede formar una salsa que se reparte bien entre unos tagliatelle.
El resultado es distinto de un simple salteado de calabacín añadido al final. La verdura se integra en el condimento y pasa a formar parte de la salsa.
Queso rallado, pimienta negra y algunas hierbas aromáticas bastan para terminar el plato sin tapar su sabor.
8. Fusilli con calabacín, gambas y jengibre
Calabacín y gambas forman una pareja bastante habitual en pasta. El jengibre es el ingrediente que saca esta versión de ese terreno conocido.
No hace falta utilizar mucho. Una pequeña cantidad aporta aroma y un picante fresco que acompaña bien al marisco sin imponerse sobre él.
Los fusilli, además, retienen bien los pequeños trozos de calabacín y la salsa que queda en el fondo de la sartén, de manera que los distintos ingredientes llegan más fácilmente juntos al tenedor.
9. Lasaña de calabacín
El último plato cambia por completo de formato. Aquí el calabacín aparece entre capas de pasta, bechamel, mozzarella y parmesano, y el horno termina de unirlo todo.
Requiere algo más de tiempo que las recetas anteriores, pero tiene otra ventaja: permite preparar una cantidad mayor de una vez y servirla directamente en la fuente.
Conviene controlar bien la humedad del calabacín antes de montar la lasaña. Si llega demasiado acuoso a las capas, puede diluir la bechamel y hacer que las porciones pierdan consistencia al cortarlas. Un breve reposo después del horno también ayuda a que se asiente.
Cómo sacar más sabor al calabacín cuando lo cocinamos con pasta
El calabacín contiene mucha agua y su sabor es relativamente suave, así que la forma de cocinarlo importa tanto como los ingredientes con los que lo acompañamos.
Si queremos dorarlo, conviene utilizar una sartén suficientemente amplia y evitar amontonarlo. Cuando hay demasiado calabacín junto, la humedad que desprende queda atrapada y termina cociéndose en su propio vapor en lugar de tomar color.
El agua de cocción de la pasta es otra herramienta útil. Reservar un cucharón antes de escurrir permite ligar queso, yogur, pesto o una crema de calabacín y ajustar la consistencia sin añadir más grasa de la necesaria.
También podemos jugar con ingredientes que compensen su sabor suave: limón, pimienta negra, albahaca, menta, parmesano, tomates secos, guindilla o quesos algo más intensos.
Del final del verano a los primeros platos de horno
Septiembre le sienta especialmente bien a este tipo de recetas porque no obliga a elegir entre pasta fría y platos más contundentes.
Todavía podemos preparar una ensalada de pasta con pesto de calabacín para un día caluroso y, unos días después, utilizar la misma hortaliza en una lasaña recién salida del horno. Entre ambos extremos quedan las salsas cremosas, las gambas, el speck, los tomates secos o el yogur.
Nueve recetas y una misma hortaliza, pero nueve maneras bastante distintas de llevarla a un plato de pasta.
Daniele Mainieri








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