Recetas de espinacas: 6 platos para dar la vuelta al mundo
Hay ingredientes que llevan años cargando con una etiqueta injusta. Las espinacas, por ejemplo: para unos han sido «la verdura que tocaba»; para otros, un recurso rápido, un comodín que acaba en una tortilla o en un revuelto cuando no hay nada más. Pero basta mirar cómo las cocinan fuera de nuestras fronteras para entender que su papel es mucho más interesante.
Si te apetece salir del clásico salteado de siempre, aquí van seis ideas, de Italia a Grecia, con parada en Francia, Turquía, España e India, para viajar sin moverte de la cocina. Lo más importante es que, pese a lo exótico de estas recetas se pueden reproducir fácilmente en casa pues no requieren de técnicas ni de ingredientes sofisticados.
Börek de espinacas - Turquía
Nacido en el mundo otomano, el börek convierte una masa finísima de filo (yufka o brick) en una receta de lo más atractiva y apetecible. La pasta se rellena, se enrolla y, a menudo, se dispone en espiral antes de hornear, de modo que al cortar aparecen las vueltas como anillos. El relleno más reconocible es el de espinacas con queso salado, tipo feta, y, según la mano, un punto de eneldo o cebolleta. Lo adictivo es el contraste: crujido dorado por fuera, interior jugoso y ligeramente ácido por dentro.
Malai kofta de garbanzos y espinacas - India
En la cocina india, la espinaca (palak) no se trata como guarnición: se integra, se especia y se convierte en parte del cuerpo del plato. En esta versión, se mezcla con garbanzo para formar koftas (albóndigas vegetales), que luego se sirven bañadas en una salsa cremosa y fragante. El resultado es un plato muy agradable al paladar que invita a coger un poco de pan (mejor si es un naan o chapati) para apurar hasta la última gota.
Malfatti de espinacas y ricotta - Italia
En Italia, donde hasta lo improvisado suele tener nombre, los malfatti (que significa literalmente “mal hechos”) son una especie de primo informal de los ñoquis: bolitas tiernas, de aspecto deliberadamente imperfecto y textura amable, que se preparan con espinacas y ricotta (o requesón), a veces con un poco de harina o sémola solo para dar estructura. Es un plato sencillo, pero se nota cuando la ricotta es buena y la espinaca está bien escurrida: todo queda más ligero y más fino. Lo interesante aquí no es la perfección, sino lo contrario: esa suavidad rústica que admite mantequilla y salvia, tomate, o una lluvia discreta de parmesano.
Quiche espinacas - Francia
La quiche es la elegancia práctica en forma de tartaleta salada: una masa, normalmente de hojaldre, rellena de huevos y nata (o leche, según la casa) al que luego se le agrega (casi) cualquier ingrediente que tengamos en casa. La quiche admite champiñones, bacon, puerro y salmón... Con espinacas funciona especialmente bien porque equilibra la cremosidad del relleno con un sabor vegetal limpio y ligeramente dulce. Luego puedes redondearla con algo de queso (comté, emmental, cabra), cebolla pochada o incluso un toque de nuez moscada. Es un plato muy agradecido que mejora con el reposo, congela estupendamente y se disfruta igual de bien templado que frío.
Potaje de garbanzos y espinacas - España
El potaje de garbanzos y espinacas es un plato que demuestra (como tantos otros de la gastronomía española) que la cocina humilde puede ser sofisticada y tremendamente reconfortante. Garbanzo, espinaca y un sofrito o un majao con pimentón (a veces comino, a veces pan frito o almendra para espesar) forman una base reconocible en muchas casas. Esta es una receta especialmente vinculada a Cuaresma y Semana Santa, aunque nadie necesita calendario para disfrutar de un buen plato de cuchara. La espinaca aquí tiene un papel fundamental, actúa como contrapunto vegetal a la melosidad de la legumbre. El plato suele acabarse añadiendo huevo duro o bacalao aunque no es estrictamente necesario.
Spanakopita - Grecia
La spanakopita es, para muchos, la gran receta mediterránea de las espinacas. Capas de masa filo rellenas de espinacas, feta y hierbas (eneldo, cebolleta, perejil… cada casa tiene su mezcla). Se presenta como un pastel dorado de capas finísimas de masa que se rompen al cortar, y que guardan dentro un relleno verde, húmedo y fragante. La espinaca aparece mezclada con queso feta, que aporta salinidad y un punto lácteo, y con hierbas frescas que recuerdan al huerto. Al comerla, primero notas el crujido ligero de la masa y después un interior suave, fresco y ligeramente ácido. No es pesada ni contundente: es equilibrada, aromática y muy mediterránea. Puede comerse caliente o templada.
6 maneras de viajar con espinacas
Al final, estas seis recetas cuentan lo mismo con acentos distintos: que la espinaca, bien tratada, deja de ser un ingrediente anodino se convierte en un verdadero antojo. Un día cruje envuelta en capas de filo; otro se vuelve cucharada reconfortante como en un potaje de garbanzos; otro se mezcla con queso y se transforma en bocado delicado. Elige un destino, ponte el delantal, cocina y disfruta viajando con el paladar.
Patricia González





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