Qué merece la pena congelar en enero para ponértelo fácil en los días más fríos
Enero llega con frío y con el cansancio típico de las semanas de cocina intensa que traen las fiesta. Por eso conviene cambiar de estrategia. En lugar de seguir improvisando a diario (con la carga mental y de recursos que eso conlleva): cocinar una vez y dejar varias comidas listas en el congelador. Así, durante la semana basta con descongelar y calentar para tener platos calientes y reconfortantes sin pasar otra vez horas en la cocina. Cocinar en cantidad y congelar no es solo ganar tiempo; también ayuda a asegurarse de que, incluso en esos días en los que no apetece ni pelar una patata, habrá una comida casera lista.
1. Sopas, caldos y cremas de verduras
La sopa congelada es un tópico por una razón: funciona demasiado bien. Privilegia las sopas más espesas (lentejas, boniato, calabaza, coliflor) y evita las que llevan pasta o arroz cocido (que se empapan). Consejo: congela porciones individuales en tarros o bolsas planas.
La sopa congelada es un clásico por una razón: funciona de maravilla. Mejor sopas y cremas densas (lentejas, boniato, calabaza, coliflor). Evita las que llevan pasta o arroz ya cocidos (se pasan y quedan pastosos). También alguna cremas de verduras con mucha patata pueden quedar algo granulosas al descongelar; si te ocurre, solución fácil: tritura de nuevo al recalentar y ajusta con un hilo de aceite de oliva o un poco de lácteo (nata, yogur natural, queso crema).
Un consejo para congelar bien las sopas y crema: mejor hacerlo en raciones individuales en recipientes o en bolsas de congelación planas.
Salsas listas (ragú, tomate, curry)
Hay salsas que se llevan de maravilla con el congelador y, en casa, son un salvavidas: la boloñesa, el sofrito (cebolla y tomate bien pochados), una salsa de tomate casera reducida, un curry de verduras o pollo y también los caldos concentrados (cuando los reduces y quedan con cuerpo). Todas tienen algo en común: están bien cocinadas, suelen llevar tomate, verduras pochadas o carne y, al recalentar, recuperan la textura sin ponerse raras. Si las congelas en porciones pequeñas (vasitos, bolsas planas o cubiteras), luego te apañas en un momento para una pasta, unas albóndigas o un arroz.
En cambio, conviene evitar congelar las salsas que dependen de una emulsión o de lácteos delicados: mayonesa, alioli o vinagretas suelen “cortarse” al descongelar (se separan el aceite y el resto), y muchas salsas con nata o queso pueden quedar granuladas o aguadas. Si aun así quieres una salsa cremosa, el truco es congelar la base (sofrito, tomate o caldo) y añadir la nata, el yogur o el queso al final, ya caliente, para que quede como recién hecha.
3. Legumbres cocidas (alubias, garbanzos, lentejas)
Cocer legumbres lleva su tiempo. Por eso compensa hacer una buena cantidad de una vez: las repartes en porciones y las congelas, y así tienes garbanzos, lentejas o alubias listas sin depender tanto de las conservas enlatadas.
Un truco muy práctico es congelarlas con un poco de su caldo (o un chorrito del agua de cocción) para que no se resequen al recalentarlas. ¡Quedan como si lo hubieras hecho en el momento!
Mejor evita congelar lenteja roja (o lentejas partidas) si la quieres entera: al descongelar suele quedar muy blanda y se deshace, así que solo compensa si la vas a usar en cremas o para espesar. Y, si las vas a servir en ensalada, no suele merecer la pena congelar alubias grandes y muy tiernas, porque a menudo se les abre la piel y la textura queda más harinosa que firme.
4. Pastas rellenas y lasañas
Raviolis, lasañas, canelones e incluso ñoquis se congelan muy bien. Móntalo todo en crudo, congélalo y, cuando lo vayas a preparar, mételo al horno tal cual, sin descongelar: solo tendrás que dejarlo unos minutos más.
Si congelas ñoquis o raviolis sueltos, primero congélalos separados en una bandeja y después pásalos a bolsa: no se apelmazan. En lasañas con bechamel, ayuda que la bechamel esté ligeramente más espesa para que no suelte agua al recalentar.
5. Panes, bollos de masa enriquecida y bizcochos sencillos
Rebanadas de pan integral, brioche, bizcocho de yogur, bizcocho de manzana: todo puede ir al congelador y “revivir” con 5 minutos de horno. ¿El olor a bizcocho en el aire en pleno martes? Sí, por favor.
Eso sí, envuelve bien (film + bolsa o recipiente hermético) para evitar sabor a congelador. El pan mejora mucho si lo “revives” en tostadora u horno.
6. Verduras asadas o a la plancha
Zanahoria, calabaza, coliflor y pimientos asados se congelan muy bien y, después, te dan muchísimo juego: para un sándwich, una ensalada templada o un bowl con lo que tengas a mano. Eso sí, calabacín y berenjena suelen quedar demasiado blandos al descongelar, porque sueltan mucha agua y pierden firmeza.
7. Hierbas aromáticas picadas con aceite
Congelar hierbas (perejil, romero, cilantro o albahaca) picadas en cubitos con aceite de oliva es un truco estupendo: echas un cubito a la sartén y tienes una base aromática al instante. Haz cubitos con aceite para salteados y sofritos, y cubitos con agua para sopas, guisos y arroces.
8. Platos completos en raciones individuales
Si quieres llenar el congelador con platos completos que luego se recalientan y quedan de lujo, apuesta por los “de cuchara” y los que llevan salsa: boloñesa o ragú, albóndigas en tomate, pollo guisado (al chilindrón o al curry suave), lentejas estofadas, chili de carne o de alubias, estofado de ternera y cremas de verduras como calabaza o zanahoria.
Son recetas que aguantan bien porque la salsa y el caldo protegen la textura, no se resecan y, al calentarlas despacio, vuelven a quedar melosas. Congélalas en porciones y en recipientes bajos, con un poco de su salsa, y así tendrás cenas listas en minutos sin que parezcan “comida de emergencia”.
¿Y qué no merece la pena congelar?
- Verduras de hoja verde crudas (pierden textura)
- Puré de patatas cocidas (se vuelven granulosas. En puré con bastante grasa suele aguantar mejor))
- Huevos crudos con cáscara (se rompen)
- Pasta ya cocida con salsas líquidas (tiende a pasarse y quedar pastosa; mejor congelar salsa y cocer pasta al momento)
En enero, cocinar de más y congelar no es solo una cuestión de practicidad. También es una forma de asegurarte de que, incluso en los días más fríos y en los que apetece menos cocinar, te espera una buena comida casera. Y eso, seamos sinceros, lo cambia todo.
Mirella Mendonça
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