¿Las lentejas bajan la líbido? La ciencia detrás de la frase viral de Óliver Laxe
Óliver Laxe, director de la película Sirat (nominada a los Oscars), pasó por La Revuelta y dejó una de esas frases que parecen escritas para circular solas: “He descubierto que las lentejas son anafrodisíacas, te bajan la libido”. La dijo con esa seguridad tranquila que tienen las intuiciones cuando se cuentan en voz alta: no suena a tesis categórica, suena a inferencia propia que se quiere compartir.
Y claro: se acerca San Valentín, la gente busca alimentos que “enciendan” y “apaguen” y, de repente, la lenteja (humilde, cotidiana, de cuchara y "de monasterio") entra en la conversación erótica como contrapunto del jengibre, el chocolate o las fresas en el imaginario colectivo.
La pregunta buena no es si Laxe quería viralidad, sino si la frase tiene base. Y aquí viene lo interesante: como afirmación científica literal, no. Pero como punto de partida para explicar cómo funciona el deseo da un artículo. Lo más probable es que el directo solo estuviera describiendo algo muy cotidiano: cuando estás en rutina, el cuerpo va por un lado; cuando viajas y estás más estimulado, va por otro. Y ahí es fácil "culpar" al plato de lentejas, aunque el motor real sea el contexto.
Primero, pongamos orden: “libido” no es un botón
En la conversación diaria usamos “libido” para un cajón de cosas: deseo, ganas, energía, predisposición, incluso humor. El problema es que luego intentamos encontrar una causa igual de simple: “esto me la sube”, “esto me la baja”.
Y la realidad es menos cómoda y más real: el deseo suele depender de un conjunto de factores (cabeza, cuerpo, contexto). La comida entra ahí, sí, pero casi nunca como interruptor químico inmediato. Entra como atmósfera, como confort, como energía… y como digestión.
Por eso conviene poner una etiqueta clara desde el principio: “anafrodisíaco” es una palabra útil para una conversación viral, pero no funciona como una categoría científica con una lista cerrada de alimentos que “apagan” el deseo de forma universal.
No es libido, es tripa
Si hay una explicación con patas para que alguien sienta “bajón de ganas” después de un plato de lentejas, no pasa por un misterioso efecto anafrodisíaco. Pasa por algo más prosaico: la distensión abdominal… o, directamente, la pesadez de una cena contundente.
Las legumbres contienen carbohidratos fermentables; en algunas personas (y en ciertos contextos) esa fermentación puede generar gas y provocar hinchazón, distensión, molestia o dolor abdominal. Monash University lo explica de forma bastante directa: cuando se fermentan estos compuestos, el gas puede “estirar” el intestino y causar incomodidad.
Traducción sin bata: si terminas la cena sintiéndote como un globo con piernas, es difícil venderle al cuerpo la idea de “ahora, sensualidad”. No porque la lenteja apague nada por sistema, sino porque el cuerpo está ocupado en otra negociación.
Este matiz salva dos cosas a la vez: Respeta la vivencia (“a mí me pasa”) pero evita convertirla en ley universal (“las lentejas hacen X”).
Y añade un detalle importante: no le ocurre a todo el mundo. Depende de la cantidad, de cómo sientan las legumbres a cada uno y, también, de cómo se hayan cocinado.
La explicación “hormonal”
Cuando una idea se hace viral, siempre aparece el comodín: “hormonas”. En el caso de legumbres, el camino habitual es “fitoestrógenos → testosterona → deseo”. El problema es que ese relato suele ir más rápido que la evidencia.
Para ponerlo en perspectiva con un ejemplo mucho más discutido (y mucho más estudiado): la soja. Un metaanálisis amplio concluyó que, independientemente de dosis y duración, ni la proteína de soja ni las isoflavonas modifican de forma significativa la testosterona (total o libre) ni los estrógenos en hombres.
Si en el alimento que más se ha usado como “prueba” de la teoría hormonal no aparece el efecto que se le atribuye, es difícil sostener que un plato de lentejas tenga una palanca hormonal clara y directa sobre la libido. A lo sumo, lo que puede cambiar es el cómo te sientes después de comerlas, y eso —en el mundo real— pesa más que cualquier fantasía de interruptores endocrinos.
Entonces, ¿bajan la libido?
Como regla universal, no. Como experiencia individual en una noche concreta, puede ser.
Si a alguien “le bajan las ganas” después de lentejas, lo más probable es que no sea un mensaje químico al deseo, sino una combinación de factores muy terrenales: hinchazón, gases, sensación de pesadez, sueño, o simplemente el cuerpo más centrado en digerir que en seducir.
Y ahí está la moraleja: el deseo no se enciende ni se apaga con una cucharada. Se construye (o se estropea) con lo que pasa en la cabeza, en el cuerpo y en el ambiente. Las lentejas no tienen por qué estropear nada… salvo que, justo ese día, te sienten como una piedra.
Patricia González
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