Ordenar la cocina en enero: el ritual práctico para empezar el año con la casa a favor
Con el cambio de año, casi todo el mundo piensa en limpiar la casa, organizar su vida y renovar sus energías y propósitos.
Pero hay un lugar que suele pasarse por alto y que, curiosamente, es el centro de gran parte de lo que vivimos a diario: la cocina.
La cocina, no es sólo donde se cocina, es donde empieza la rutina, donde aparecen los excesos, donde se repiten muchos de nuestros hábitos (los buenos y los malos) sin darnos cuenta. Y precisamente por eso muchas personas comienzan sus buenos propósitos de año nuevo ahí. Como una especie de ritual que les ayudará en el nuevo año.
Por qué la cocina se ha convertido en el centro simbólico de los nuevos comienzos
A lo largo del año, la cocina acumula algo más que utensilios.
La cocina guarda prisas, desorden, compras impulsivas, tuppers que se apilan, especias que “había que tener”, promesas de “el lunes me organizo” que se quedan para la semana siguiente.
Al comenzar un nuevo año, mirar este espacio es casi como mirarse en el espejo silencioso de la propia rutina y los hábitos propios. Organizar la cocina no es sólo ordenar los cajones.
Se trata de decidir qué se queda, qué se va y qué hay que cambiar.
El primer paso del ritual: vaciar sin remordimientos
El ritual comienza de forma sencilla pero contundente: vacíarlo todo. Armarios, cajones, nevera, despensa.
Todo lo que ha estado guardado y almacenado durante el año sale a la luz.
Es entonces cuando aparecen
- utensilios que no se usan nunca
- tarros sin tapa
- alimentos caducados
- paquetes abiertos “desde hace meses”
Deshacerse de esto no es derrochar: es dejar de arrastrar. Abrir espacio, literal y mental, para volver a empezar desde un sitio más limpio y ordenado.
Una limpieza que no es solo física
Tras vaciar, toca limpiar. Y no, no basta con pasar un paño húmedo de forma rápida y superficial.
Limpiar baldas, fondos de cajón, gomas de la nevera, el interior de la despensa y esos rincones olvidados que solo tocas cuando algo se cae tiene un efecto curioso: la sensación no es solo de casa limpia, sino de una mente más despejada.
Muchas personas afirman que este momento funciona casi como una pausa silenciosa antes de que empiece realmente el año. Porque es una limpieza que se nota; una limpieza tangible, con un principio y un final, en un mes que a veces se llena de propósitos abstractos.
Reorganizar con intención, no por inercia
Cuando toca colocar todo de vuelta, el ritual cambia de fase. La tentación es repetir el orden de siempre, meter las cosas donde “han ido toda la vida. En lugar de repetir la misma organización de siempre, la pregunta pasa a ser otra:
“¿Esto me lo pone fácil o me lo complica en el día a día?”.
- Lo que más usas, ponlo siempre a mano.
- Lo que genera desorden constante, cambia de lugar.
- Lo que nunca tuvo sentido, simplemente fuera.
Aquí, la cocina deja de ser sólo funcional y se vuelve coherente con la vida que quieres llevar en el nuevo año.
La nevera como símbolo de nuevos comienzos
Para muchas personas, el frigorífico es el corazón de este ritual. No por estética, sino porque es donde se nota el exceso y la acumulación: botes de salsas que no sabemos de cuándo son, bandejas a medias, dulces que compramos “por si acaso”...
Vaciar, revisar, tirar lo que no está bien, limpiar baldas y recolocar alimentos produce una sensación clarísima de reinicio.
No se trata de hacer dieta o restringirse: va de recuperar el mando.
Cuando revisas la nevera, tiras lo que ya no está bien y recolocas lo que queda, no estás buscando “comer menos”, sino entender qué tienes y qué comes. Ese gesto, tan simple, cambia el resto casi sin darte cuenta: compras con más intención, aprovechas mejor lo que ya está abierto y se te quitan de en medio los “por si acaso” que nunca has utilizado (y probablemente no utilizarás).
A partir de ahí pasan tres cosas muy concretas:
- Lo que entra en la nevera se elige mejor, porque sabes lo que hay y lo que falta.
- Se desperdicia menos, porque lo visible se usa antes y lo pendiente deja de esconderse.
- La relación con la comida se vuelve más consciente, no por normas, sino por claridad: comes y cocinas con menos improvisación.
No es empezar una dieta: es ordenar el escenario. Cuando la nevera está ordenada de forma clara, decides mejor qué compras, aprovechas más y dejas de comer “por inercia”..
Pequeños gestos que marcan el cambio de ciclo
Algunas personas van más allá y crean gestos simbólicos sencillos:
- sustituir un mantel viejo
- cambiar los paños de cocina
- reorganizar las especias
- comprar nuevos utensilios que nos ayuden a llevar a cabo los nuevos hábitos (moldes de silicona para cocinar al papillote, tarritos herméticos para hacernos una avena reposada...)
Nada de esto es obligatorio. Pero estos detalles actúan como un marcador silencioso: el año ha cambiado y algo ha cambiado.
Por qué este ritual funciona tan bien a principios de año
A diferencia de las grandes promesas, este ritual es concreto, visible e inmediato.
El resultado se nota ese mismo día. Cada vez que alguien entra en la cocina, nota el cambio. Y esto refuerza la sensación de empezar de cero, sin presiones ni objetivos poco realistas.
Quizá por eso tanta gente lo adopta en esta semana rara de enero: porque no promete un año perfecto, pero sí un inicio más consciente.
Al final, no se trata sólo de la cocina
No es cuestión de estética. Este ritual no trata de dejar la cocina de revista. Se trata de recuperar el control de la vida cotidiana, empezando por el lugar más habitado de la casa.
A veces, cambiar de año no empieza con grandes decisiones.
Empieza con un armario vacío, una estantería limpia y la sensación de que, esta vez, el espacio y la rutina tienen más sentido.
Mirella Mendonça
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