El kéfir gana terreno en España, qué mirar antes de cambiar el yogur

Friday 7 August 2026 10:40 - Patricia González
El kéfir gana terreno en España, qué mirar antes de cambiar el yogur

Hace no tanto, encontrar kéfir en el supermercado exigía buscar un poco. Hoy comparte estantería con yogures naturales, versiones proteicas, productos de sabores y bebidas lácteas. El cambio no es solo una impresión: según datos de IRI y Kantar difundidos por Activia, el volumen de compra de kéfir creció un 71 % en España en 2025.

Ese dato necesita apellido. Procede de información de mercado difundida por una marca que vende kéfir, no de una estadística oficial. Sirve para retratar el fuerte crecimiento comercial del producto, pero conviene saber de dónde sale.

La popularidad trae una pregunta bastante lógica: ¿merece la pena cambiar el yogur por el kéfir? La respuesta corta es que depende del producto y de lo que busquemos. Ambos son leches fermentadas, pero no son exactamente lo mismo.


Qué distingue al kéfir del yogur

El Codex Alimentarius, desarrollado en el marco de la FAO y la OMS, incluye tanto el yogur como el kéfir entre las leches fermentadas, aunque establece cultivos característicos diferentes.

En el kéfir tradicional interviene una comunidad de microorganismos más compleja, que incluye bacterias y levaduras. Esto ayuda a explicar su sabor ácido, algunas particularidades de su textura y, también, buena parte del interés que ha despertado entre los investigadores.

Ahora bien, de ahí no se sigue que cualquier kéfir del supermercado sea automáticamente “mejor para el intestino”.

La investigación en humanos ha encontrado resultados interesantes, pero todavía existen importantes limitaciones. Los estudios emplean distintos tipos de kéfir, dosis diferentes y periodos de consumo que tampoco son iguales. Además, algunos trabajos cuentan con pocos participantes.

Un ensayo reciente, por ejemplo, comparó durante dos semanas el consumo diario de kéfir, leche y yogur en 28 adultos jóvenes sanos. Se observaron cambios en la microbiota, pero un estudio pequeño y de corta duración no permite convertir esos resultados en una promesa universal. Mucho menos afirmar que cualquier botella de kéfir va a “reforzar las defensas”.

La etiqueta cuenta más que la fama

Si tenemos que elegir entre kéfir o yogur, resulta más útil girar el envase que dejarse llevar por las grandes palabras de la parte frontal.

Empecemos por los azúcares. Un lácteo natural contiene azúcar aunque el fabricante no haya añadido azúcar de mesa: la leche contiene lactosa. Por eso no basta con mirar la cifra de “azúcares” de la tabla nutricional. Hay que echar un vistazo también a los ingredientes para comprobar si se han añadido azúcar, jarabes u otros ingredientes destinados a endulzar.

Después están las proteínas. Compararlas por 100 gramos o 100 mililitros permite enfrentar dos productos sin que el tamaño del envase nos despiste.

También podemos revisar la cantidad de grasa y de grasas saturadas. Aquí tampoco existe una cifra que convierta mágicamente un producto en bueno o malo. Lo sensato es saber qué estamos comprando y valorar cómo encaja en el conjunto de nuestra alimentación.

Hay otro detalle fácil de pasar por alto: la ración real. Beber un vaso de kéfir de 250 mililitros no equivale a comerse un yogur de 125 gramos, aunque sus tablas nutricionales por 100 gramos sean parecidas.

Y queda un dato mucho menos glamuroso que el microbioma, pero bastante relevante para el bolsillo: el precio por kilo o litro. Si vamos a consumir el producto habitualmente, merece la pena compararlo.

¿Y los “fermentos vivos”?

Aquí hay que afinar especialmente el lenguaje. La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) recuerda que actualmente no existe en la legislación alimentaria de la Unión Europea una definición del término “probiótico”.

Que un alimento contenga microorganismos vivos no significa que podamos atribuirle automáticamente cualquier beneficio sobre la microbiota o el sistema inmunitario.

Sí existe una alegación de salud autorizada en Europa para cultivos vivos específicos del yogur o de leches fermentadas. Cuando se cumplen las condiciones establecidas, puede indicarse que estos cultivos mejoran la digestión de la lactosa del producto en las personas que tienen dificultades para digerirla.

Es una afirmación muy concreta. No equivale a decir que todos los fermentados “mejoran el intestino”, “equilibran la microbiota” o aumentan las defensas.

Entonces, ¿kéfir o yogur?

El crecimiento del kéfir tiene una ventaja estupenda: ahora hay muchas más opciones para quien disfruta de su sabor. Lo que no necesitamos es convertir el desayuno en una competición entre alimentos.

Un buen kéfir no gana automáticamente a un buen yogur. Tampoco ocurre al revés.

Cuando tengas dos envases delante, mira la lista de ingredientes, comprueba si existen azúcares añadidos, compara proteínas y grasas, fíjate en los fermentos que declara el fabricante, piensa en la cantidad que realmente vas a consumir y echa un vistazo al precio por kilo o litro.

Después queda un criterio sorprendentemente importante: que te guste. Porque, entre tantas promesas sobre microbiota y bienestar, la pequeña letra de la etiqueta suele contar una historia bastante más útil.

Patricia GonzálezPatricia González
Apasionada por la cocina y el buen comer, mi vida se mueve entre palabras bien escogidas y cucharas de madera. Responsable pero despistada. Periodista y redactora con años de experiencia, encontré mi rincón ideal en Francia, donde trabajo como redactora para Petitchef. Me encantan el Bœuf bourguignon pero echo de menos el salmorejo de mi madre. Aquí combino mi amor por la escritura y los sabores suculentos para servir recetas e historias sobre cocina que espero te inspiren. La tortilla, me gusta con cebolla y poco hecha : )

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