¿Es el tequeño el próximo gran snack latino?
Nació en Venezuela, en España se convirtió en un habitual del picoteo y ya se encuentra en ciudades como París o Lisboa. El tequeño tiene algo que muchas especialidades regionales desearían: prácticamente no necesita explicación.
Hay comidas que, cuando salen de su país, necesitan un pequeño manual de instrucciones. Hay que explicar qué llevan, cómo se comen, cuándo se sirven o por qué son especiales.
Y luego está el tequeño.
Masa crujiente por fuera. Queso caliente y elástico por dentro. Se coge con los dedos y desaparece en tres o cuatro bocados.
Quizá ahí esté una de las claves de que este aperitivo venezolano haya encontrado una segunda vida a miles de kilómetros de casa.
En España hace tiempo que dejó de ser una rareza reservada a restaurantes venezolanos: aparece en bares, hamburgueserías, servicios de delivery y en la zona de congelados en los supermercados.. Y si ampliamos el mapa, empiezan a aparecer señales interesantes. En París se ofrece como entrante y comida para compartir; en Portugal existen negocios especializados en tequeños y versiones congeladas para preparar en casa.
Todavía sería exagerado hablar de una conquista de Europa. Pero sí merece la pena hacerse una pregunta:
¿tiene el tequeño los ingredientes necesarios para convertirse en uno de los próximos grandes snacks latinoamericanos fuera de su país?
¿qué es exactamente un tequeño?
El tequeño venezolano clásico es aparentemente elemental: una barrita de queso blanco envuelta en masa de harina de trigo que se fríe hasta quedar dorada.
Pero su identidad está en la textura.
La masa tiene que quedar crujiente mientras el queso del interior se calienta y se vuelve elástico sin desaparecer por completo. El resultado reúne varias cosas difíciles de rechazar: fritura, queso fundido, contraste de texturas y un formato pensado para comer con las manos.
Su origen suele relacionarse con Los Teques, en el estado venezolano de Miranda, aunque existen distintas versiones sobre su nacimiento exacto. Como ocurre con tantas recetas populares, su historia pertenece en buena medida a las cocinas domésticas y a la memoria oral.
Lo indiscutible es su importancia cultural. En 2023, Venezuela lo declaró patrimonio cultural de la nación.
Y eso resulta particularmente curioso porque, fuera de Venezuela, el tequeño está adquiriendo una vida bastante diferente.
En Venezuela significa fiesta; fuera empieza a significar aperitivo
Para muchos venezolanos, decir tequeños es decir cumpleaños, bodas, bautizos y reuniones familiares.
Es la bandeja que circula entre los invitados. El que se come demasiado caliente porque nadie quiere esperar. El aperitivo del que conviene coger uno antes de que desaparezcan todos.
Pero las comidas también emigran. Y cuando lo hacen, no necesariamente mantienen el mismo lugar dentro de la sociedad que las vio nacer.
Eso es precisamente lo interesante de lo ocurrido en España.
La llegada de población venezolana ha aumentado notablemente durante los últimos años; de hecho, Venezuela figura entre las principales nacionalidades de las personas llegadas a España en 2024.
Con esa migración viajaron también arepas, cachapas, hallacas y tequeños.
Pero el tequeño tenía una ventaja particular: España ya disponía del lugar perfecto donde colocarlo.
La tapa. El aperitivo. El picoteo. El plato al centro.
No hubo que inventarle una ocasión de consumo.
Solo cambiarlo de calendario.
Lo que en Caracas podía anunciar una celebración, en Madrid podía convertirse en algo que pedir mientras llegan las hamburguesas.
El secreto del tequeño: no necesita traducción
Aquí aparece quizá la razón más interesante de su potencial internacional.
Pensemos en lo difícil que puede resultar exportar algunas especialidades nacionales. A veces contienen ingredientes desconocidos. O sabores que requieren cierta familiaridad. O rituales de consumo que fuera de su cultura original se pierden.
El tequeño tiene el problema contrario.
Se entiende antes de probarlo.
Francia tiene una larguísima relación con el queso y el apéro. Italia, con los fritos y los pequeños bocados para compartir. Portugal tiene sus petiscos. España, tapas y aperitivos.
El tequeño no es equivalente a ninguno de ellos y no necesita serlo. Simplemente encuentra en esas culturas un momento de consumo que ya existe. De hecho, resulta revelador observar cómo empieza a describirse fuera del mundo hispanohablante.
Un restaurante venezolano de París presenta sus tequeños sencillamente como beignets de fromage, mientras otro los incluye directamente entre sus entrantes. En Lisboa, podemos encontrarlos facilmente como “palitos de queijo enrolados em massa tenra”.
Tres palabras bastan para entender la idea: masa, queso, frito.
Para un alimento que quiere viajar, eso es una ventaja enorme.
De Madrid a París y Lisboa: las pequeñas pistas
Conviene no confundir indicios con estadísticas: no existen datos que permitan afirmar que Europa esté viviendo una “fiebre del tequeño”.
Pero mirar cómo se está vendiendo resulta revelador.
En París ya aparece en cartas de restaurantes venezolanos como entrante o plato para compartir, y en plataformas de reparto se vende directamente como beignet de queso venezolano.
En Portugal el fenómeno adopta otra forma interesante. Hay negocios que comercializan tequeños congelados para preparar en casa, mientras tiendas especializadas de Lisboa ofrecen no solo los clásicos de queso, sino también versiones de guayaba y queso, chocolate o incluso sin gluten.
Y aquí aparece otra señal habitual cuando una comida empieza a echar raíces lejos de su origen: empieza a mutar. No significa que esas versiones sustituyan al tequeño tradicional venezolano. Significa algo quizá más interesante: el formato ha empezado a independizarse del relleno original.
Es exactamente lo que sucede cuando una preparación deja de ser solamente una receta y se convierte también en una idea culinaria. Una masa enrollada alrededor de algo apetecible. Unos minutos de fritura o cocción. Un bocado fácil de compartir.
Tiene otra ventaja enorme para su éxito internacional: nació preparado para el delivery
Hay además una razón mucho menos romántica, pero probablemente decisiva. El tequeño es muy fácil de vender.
No necesita plato ni cubiertos. Puede servirse por unidades. Funciona como entrante. Se comparte. Puede congelarse. Su preparación final es rápida y admite salsas y rellenos diferentes.
Es decir, reúne muchas de las características que busca la restauración contemporánea. Y las plataformas de reparto muestran precisamente esa versatilidad: en Lisboa puede pedirse como entrante junto a arepas y cachapas; en París aparece en categorías de tapas y platos para compartir.
Su internacionalización, por tanto, no depende únicamente de que los europeos descubran la gastronomía venezolana. Depende de algo bastante más sencillo: es un producto extremadamente fácil de incorporar a hábitos que ya tenemos.
¿Te apetece probarlos en casa?
La mejor forma de entender por qué este bocado viaja tan bien es bastante sencilla: probarlo.
Nuestra receta de palitos de queso con masa casera reproduce esa fórmula difícil de discutir: exterior dorado y crujiente, queso fundido en el interior y un formato que invita inevitablemente a coger otro.
Porque puede que el futuro internacional del tequeño tenga explicaciones migratorias, culturales y gastronómicas. Pero después del primer bocado aparece una explicación bastante menos complicada: es masa frita rellena de queso caliente. Y hay ideas que funcionan en casi cualquier idioma.
Patricia González
Comentarios