Cómo la comida reconfortante puede ayudarte con el bajón de enero (January blues)
Enero suele llegar con un sabor raro. Las fiestas se han terminado, las agendas vuelven a llenarse, anochece antes y la vida cotidiana regresa a la normalidad. No pasa nada grave, pero en mucha gente aparece una sensación difícil de concretar: cansancio, algo de melancolía, menos ganas. Es lo que en inglés se llama January blues, ese bajón de principios de año que no siempre se explica, pero se nota.
En ese contexto, lo que comemos no es un detalle. Sin pretender que la alimentación lo arregle todo, los platos reconfortantes pueden tener un papel real, siempre que entendamos bien qué son… y qué no son.
El January blues: una sensación bastante común
No es solo una impresión individual. Según varias encuestas europeas, entre el 40% y el 50% de los adultos dice notar en enero un descenso del ánimo, fruto de una combinación de factores:
- la vuelta a la rutina después de un periodo festivo,
- menos horas de luz y menos tiempo al aire libre,
- el cansancio acumulado de final de año,
- la presión de los propósitos y esa idea insistente de “empezar de cero".
No hablamos de depresión en sentido clínico. Más bien de un estado transitorio que suele venir con ganas de ir más despacio, de simplificar… y de buscar un poco de consuelo.
Por qué el cuerpo pide calor y calma en invierno
En invierno, el organismo funciona de forma diferente. La falta de luz influye en la producción de algunas hormonas, entre ellas:
- la serotonina, relacionada con el estado de ánimo,
- la melatonina, que participa en la regulación del sueño.
El resultado es bastante reconocible: un cansancio más acusado, ganas de retirarse y una atracción natural por los alimentos calientes, suaves y saciantes. No es falta de fuerza de voluntad, es una respuesta fisiológica.
Los alimentos reconfortantes pueden responder a esa necesidad básica de seguridad y estabilidad, porque son algo conocido y sabemos que nos va a sentar bien.
Qué es, de verdad, una comida reconfortante
Contra lo que suele pensarse, una comida reconfortante no tiene por qué ser una bomba de grasa o azúcar.
A menudo cumple una serie de criterios sencillos
- se come caliente,
- tiene una textura envolvente (cremosa, melosa, tierna),
- es previsible, familiar y sin sorpresas.
- está asociada a recuerdos o a una sensación de cuidado.
Una sopa casera, un gratinado de verduras, un risotto, un puré bien hecho, un guiso a fuego lento o incluso un postre sencillo pueden cumplir perfectamente ese papel.
La relación entre la comida y el bienestar emocional
Hay bastante evidencia de que la alimentación influye en nuestro estado de ánimo de manera indirecta, porque afecta al sueño, la energía y el estrés, entre otros. No existe una receta para la felicidad pero sí que hay ciertos datos bien fundamentados:
- los hidratos de carbono complejos facilitan la disponibilidad de triptófano, precursor de la serotonina,
- las comidas calientes activan una sensación de relajación,
- comer a horas regulares estabiliza la energía y suaviza los altibajos.
Pero conviene decirlo así, de forma clara: no es el plato lo que “cura” el January blues. Lo que ayuda es el pequeño ritual que crea: sentarse, parar y comer de forma consciente algo que sienta bien.
El valor del “hecho en casa” y del tiempo
Cocinar uno mismo, aunque sea algo sencillo, tiene un efecto calmante que a menudo se subestima. pelar, remover, esperar a que algo se haga a fuego lento… todo eso obliga a estar un rato en lo que estás. Y en enero, esa pausa se agradece.
Entonces la comida deja de ser solo una tarea y se convierte en un momento de transición: un punto y aparte dentro del día y no en una obligación o un mero trámite.
La tristeza de enero no es una debilidad ni un problema que haya que corregir a toda costa
En la mayoría de casos, este bajón es una fase común, ligada al ritmo de las estaciones y a cómo llegamos tras el final de año. Pero no siempre es así: si la tristeza se prolonga, se vuelve intensa, afecta al sueño o al apetito, te impide hacer vida normal o aparece desesperanza, lo sensato es pedir ayuda profesional. No hay que aguantar en silencio ni “compensarlo” con soluciones caseras.
Dicho esto, cuando hablamos de ese cansancio de enero más leve y difuso, los platos reconfortantes pueden tener sentido, siempre que:
- los elijas conscientemente (no por impulso);
- los disfrutes sin culpa;
- los integres dentro de una alimentación global equilibrada.
A veces, cuidarse empieza por algo pequeño y real: un plato caliente, comido sin prisa, que devuelve un poco de calma mientras fuera el cielo está gris y el año termina de colocarse.
Adèle Peyches
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